En una época donde las salidas eran distintas, el asalto era el evento de la semana. Las chicas llevaban la comida, los varones la bebida, y el dueño de casa ponía el living y el equipo de música. Se corría la mesa, se bajaban las luces y, de repente, ese lugar donde merendabas todos los días se transformaba en el centro del universo.
¿Te imaginás lo que era esperar a que el DJ de turno pusiera ese cassette que habías grabado de la radio? Sonaban los hits de The Sacados, Vilma Palma o El Símbolo, y la pista se llenaba en un segundo. Era el momento de los primeros bailes, de las miradas cómplices y de ese coraje que juntábamos para sacar a bailar a quien nos gustaba cuando llegaba el momento de los lentos.
Esas fiestas en casas eran nuestro refugio, el lugar donde aprendimos a compartir, a divertirnos con poco y a crear recuerdos que hoy, décadas después, nos siguen sacando una sonrisa. No había celulares para filmar, solo quedaba la vivencia pura, el sabor de la Coca-Cola en vaso de plástico y la música que nos hacía sentir que el mundo era nuestro.
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Los asaltos nos enseñaron que la mejor fiesta es la que se hace con amigos. Y aunque hoy las luces sean de LED y la música esté en la nube, ese calor del living compartido sigue siendo el tesoro más lindo de nuestra juventud.
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