En 1983, Yamaha presentó el DX7, un sintetizador digital que utilizaba un motor de sonido basado en síntesis FM. La compañía lo describió como un instrumento capaz de revolucionar la escena musical global.
A diferencia de muchos sintetizadores analógicos, el DX7 no estaba cubierto de perillas. Su diseño tenía una superficie más limpia, botones de membrana, una pantalla LCD y sonidos que podían seleccionarse mediante presets y algoritmos.
Esa apariencia también contaba una historia. El instrumento no quería esconder su tecnología: quería mostrar que la música estaba entrando en una nueva era digital.
Detrás de ese cambio estaba la síntesis FM, una tecnología asociada al trabajo del investigador John Chowning. El DX7 llevó ese lenguaje a un instrumento que llegó a estudios y escenarios de todo el mundo.
También fue uno de los primeros teclados fabricados con tecnología MIDI, un sistema que permitió que instrumentos electrónicos diferentes pudieran comunicarse entre sí. Para los músicos de los ochenta, eso abrió una puerta enorme.
De pronto, un teclado podía sugerir campanas, bajos eléctricos, pianos brillantes y sonidos que parecían venir de una ciudad iluminada por neón. La radio encontró ahí una textura nueva, limpia y reconocible.
El DX7 no era solamente un aparato. Era la imagen de una época que miraba hacia adelante, con botones verdes, memorias digitales y la sensación de que cada preset podía convertirse en una canción.
A veces la nostalgia no se parece a una melodía completa. A veces es apenas el sonido de un teclado encendiendo sus luces en una habitación, listo para que alguien toque la primera nota.
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